Wednesday, November 25, 2015

CUENTO INDÍGENA: EL ORIGEN DE LOS CHAIMA. (Recopilación de notas históricas dramatizadas por José Perníam 2015)

REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA                                                                          LABORATORIO PERMANENTE DE FORMACIÓN PARA EL TEATRO                                 CUMANACOA  - ESTADO SUCRE
CUENTO INDÍGENA
El origen de los Chaima

M.C. P. José  Pernia
20/10/2015


Se cuenta el origen de la etnia Chaima y se resalta el mito de la Culebra de Ipure




Caminando por el bosque Olomure hijo de Olodubai iba mirándolo todo con los ojos bien abiertos. Maravillado hacía muchas preguntas a su padre y este, a su vez, las respondía con gran paciencia.
-       Padre, le dijo Olomure  ¿Por qué nos llamamos Chaimas?
-       Hace tiempo, - dijo Olodubai a su hijo – pero mucho tiempo, cuando Ochotu la Culebra de Cerro Negro  todavía andaba suelta, antes de que los hombres blancos vinieran a estas tierras, Chotocopiar el primer hombre sobre la tierra, nos  bautizó usando dos palabras Sha que significa semilla, e imá que quiere decir Grande. Él Chotocopiar, decía que el pueblo Chaima era la Gran Semilla de la humanidad
-       ¡Qué bien, padre! ¿Cómo era nuestra gente en esos tiempos?
-       Muy distinta - dijo Olodubai – los hombres andábamos en Guanapu y las mujeres con un vestido largo, comíamos lo mismo que sembrábamos y había para todos: vegetales, animales silvestres, arepa de maíz, cachapa, cazabe, corozo, cuajao de palmito, piras, puchero, y pomui.
-       Pero, ¿habían leyes entre nosotros?
-       ¡Claro, hijo  - Dijo Olodubai  - ”  los antepasados respetaban la figura del Cacique como jefe del pueblo indígena y se seguía como autoridad.  Las mujeres se encargaban de sembrar y cuidar el conuco, tejer, hacer tabacos, bebidas, elaborar utensilios de cocina como el mapire, cedazo, petate, sebucán, taparas para hacer los platos, cucharas, tazas y cuidar a los niños.
-       ¿Y por qué somos tan poquitos ahora, Padre? – preguntó el niño intrigado.
-       Hijo – dijo Olodubai – no siempre hemos vivido en paz. Desde que llegaron los españoles estamos en guerra. Ellos, los blancos, nos traicionaron: les ofrecimos lo mejor de nosotros y quisieron esclavizarnos. Por eso  nuestros Caciques: Morocoima, Caripe, Caranama, Tarimucio y hasta la Gran Cacica Urimare, se alzaron en armas; todos los valles y montañas Chacaracuar, Chariguar, Guamo, Tucuyucuar, vieron caer  a muchos de nosotros; nuestros ríos Guarapiche, Amana, Areo, Cocollar se tiñeron con sangre caribana y española,  y nuestras sabanas Catuaro y Masaguar, se incendiaron en medio de las batallas
-       Pero padre, - dijo el niño – ya no tenemos más guerra, ¿verdad?
-       Lamentablemente hijo – Dijo Olodubai – nuestra guerra no terminará hasta que nos reconozcan todos nuestros derechos sobre nuestras tierras, a usar nuestra propia lengua, a tener nuestra educación y a vivir según y con acuerdo a nuestra cultura
-       ¡Pero eso lo dice la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela! – dijo el niño exaltado.
-       ¡Es verdad! Pero  a nosotros los hombres nos toca hacerla valer. –dijo el anciano.
-       Padre – dijo el niño en un ruego – cuéntame un cuento antiguo. Cuéntame un cuento que me haga soñar-
-        Según cuenta  la leyenda,  inició el anciano  - el sector de la Laguna de Ipure era antiguamente un manantial donde nuestros abuelos iban a buscar agua. Cierto día, dos niños que fueron en busca de agua a la laguna se encontraron con una culebra y ésta se tragó a uno de ellos. Cuentan que al chamán de la comunidad enterarse de la noticia, hizo un conjuro y logró sacar a la culebra de las profundidades del agua. La abrió por la mitad para sacarle el cuerpo de la niña que se había tragado y los padres se llevaron el cuerpo de su hija sin vida para velarlo. Cuando regresaron al lugar donde el chamán había abierto a la culebra, vieron que ésta no estaba y, que en su lugar, se encontraba otra laguna, la cual fue llamada Lagunita
-       ¡Qué hermoso cuento! – dijo el niño mientras bostezaba. – Tengo hambre, ¡vámonos a casa papá!

-       ¡Está bien, vámonos!  - dijo el hombre sonriendo, mientras empezaban la marcha, al fondo empezaba a verse la puesta del sol y sin que la vieran una culebra descomunal cruzaba la carretera para hundirse en la Lagunita, también a descansar.



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