Por: MP. José
Pernía.
montesteatral@gmail.com
Resumen.
Ante los acontecimientos que se han venido
suscitando en Venezuela en los últimos años, sin pretensiones de erudición o de
videncia, el autor se aproxima a un escenario posible dentro de la vida
política nacional, haciendo un paralelismo entre la Guerra Civil Española y los
últimos 50 años del devenir de Colombia. Para ello, acude a fuentes
electrónicas y la propia experiencia. Más que una investigación, es una
reflexión sobre el derecho que tienen los actores políticos sobre el presente y
el futuro de las generaciones que hoy se levantan en esta patria de Bolívar y
sobre la responsabilidad individual ante la historia.
Descriptores:
Democracia; Guerra Asimétrica; Guerra
Civil; Responsabilidad; Síndrome de Estrés Post Traumático.
En atención a los recientes acontecimientos
nacionales, donde se encuentra presente un alto índice de histeria, tendencia
al caos y señalamientos de uno y otro bando acerca de la promoción de la
violencia como vía para resolver los conflictos políticos, no resueltos desde
el enfoque pacifista o por la vía electoral, es necesario iniciar un proceso de
reflexión, acerca de la responsabilidad individual con los resultados de la
historia. Es importante recordar que quienes hoy son los conductores de los
destinos de esta nación, no son propietarios de esta patria, sino guardianes de
su territorio y bienes, para las nuevas generaciones.
En
ese sentido, y desde su propia experiencia (PEÑA, ESPINDOLA, CARDOSO, & GONZALEZ, 2007) opinan que
…la
guerra es un concepto más amplio que no solo abarca el conflicto bélico entre
sus contendientes, en su sentido tradicional y convencional, sino va más allá,
es un amplio espectro de agresiones de toda índole que abarca todos los
aspectos de la vida de un grupo, etnia, comunidad, clase social, pueblo, nación
o país, incluyendo el uso de tecnologías de avanzadas para lograr sus
propósitos… (p.2)
En ese sentido, la guerra sería entonces un
proceso de destrucción de todo lo conocido, un “salto en el vacío”, con
secuelas inenarrables, cuyos impactos se dejarán sentir en todo el cuerpo
social, de la manera más amplia posible. Aspirar pues, a que se desarrolle una
guerra, o mantener, tozudamente, que la solución a los presentes conflictos
dentro de Venezuela es la aplicación de la violencia, esto es: abrir una
declaración de guerra en este caso, de carácter civil, estimulando el
enfrentamiento de un grupo político contra otro, en acciones bélicas,
destinadas a la aniquilación sino total, al menos parcial y la neutralización
definitiva de su oponente, es lo más cercano a la imbecilidad política que se
pueda conocer: la democracia es el enfrentamiento pacífico de ideas
contrapuestas, que resuelven sus conflictos por medio del diálogo y, cuando
este se agota, por la aplicación de la Constitución.
Sobre este último documento, no se puede
obviar que la Carta Magna venezolana, además, goza del reconocimiento popular,
por ser originaria de un acto refrendario, basado en la consulta amplia de
todos los sectores de la vida nacional. La democracia, fundamenta su existencia
en la convergencia de ciudadanos que, libremente y sin presiones o injerencias,
se reúnen para firmar un pacto de convivencia, basado en unos acuerdos
suscritos por la mayoría y no pueden ser violentados, a menos que se quiera
disolver el Estado así creado.
En ese orden de ideas llama la atención el
hecho de que, en los actuales momentos se discute en algunos conciliábulos el
retorno a etapas y estrategias superadas y sepultadas y que se quiere resucitar
las facciones y destruir la paz nacional, a juzgar por las menciones de “guerra
asimétrica” y otros epítetos que uno escucha en muchos medios ya no tan
privados, ya no tan subrepticios sino, más bien, a campo abierto, es posible
presumir que algunos “iluminados” revolucionarios venezolanos se andan
planteando el resurgimiento de la lucha armada como estrategia viable, no solo
para conservar la cuota de poder que hoy se tiene, sino para desplazar,
definitiva y absolutamente, a todos sus oponentes, instaurando una dictadura
político-partidista de carácter cívico-militar (aunque, tratándose de los
“milicos” nunca se tiene garantía de que, llegados a ese punto, estarán
dispuestos a compartir el liderazgo y, por ende, el gobierno con los civiles;
de eso hay harta precedencia tanto latinoamericana, como nacional.).
Arribados a esta coyuntura, baste aquí
apuntar que este autor considera la más palmaria de las estupideces y la más
criminal de las actitudes seguir azuzando a unos venezolanos contra otros.
Finalizado el conflicto (recuérdese que las guerras se sabe cuándo comienzan,
no cuando terminan; no son como partidos de fútbol: con 90 minutos y algunas
prórrogas), ya no habrá país, como lo conocemos, solamente quedarán algunas
preguntas por responder: ¿Cómo hacer para recoger los escombros? ¿Cuánta plata
se dispone para reconstruir toda la infraestructura dañada durante el
conflicto? Y, más importante aún: ¿Qué hacer con las víctimas inocentes; cómo
resarcirlos? ¿Quién irá a explicarle a las viudas y los huérfanos la “razón de
Estado” o el “bien superior” por el cual su hijo o hija pereció?
Más aún: ¿quién saldrá a asumir la
responsabilidad de haber disparado el primer tiro? ¡No habrá explicación
posible! ¡No cabrá respuesta plausible! Todas las guerras son malas, todas las
muertes en ellas ocasionadas, son totalmente inútiles. No se cambia nada y, al
final, cuando se disipe el humo de los obuses y el polvo de los escombros se
asiente, solamente quedará la decepción, reinando en el corazón de los
combatientes y el dolor… ¡un gran dolor por las pérdidas inútiles ocasionadas a
la patria! Los huérfanos, las viudas, los mutilados, los desplazados, la patria
dividida, la miseria y el hambre, eso quedará. Si no, pregunten al lado, en
Colombia, cuál es el saldo de 50 años de
guerra civil.
Por otra parte, todas las guerras suponen
capturas, interrogatorios (no siempre ajustados a las leyes sobre Derechos
Humanos) y todo tipo de actos violentos contra la persona, sus bienes y sus familias. A este respecto (Ibáñez, 2016) afirma que: …muchos
psicoanálisis interpretaban la prisión en un campo de concentración como
reactivación del complejo de castración, o diagnosticaban de caracterópatas a
exinternados que no superaban 20 años después, el asesinato y tortura de toda
su familia… (p. 2), de tal manera que, si se la mira con atención, toda
sugerencia del resurgimiento de la vía armada para el triunfo de esta o
cualquier revolución es, si se quiere, la más apátrida de las posturas
ideológicas: luego sobrevendrá la necesidad de tratar durante, al menos, treinta años con toda clase de psicopatías y
enfermedades de tipo Postraumático, que convertirán a Venezuela en un gran
manicomio, parecido a los Estados Unidos la nación del continente que ha
participado en más conflictos bélicos.
Finalmente, para muestra un botón: la guerra
civil española (1936-1939), Ruiz-Vargas
(2006) afirma que
…podemos
asegurar con unos márgenes razonables de error que un porcentaje considerable
de combatientes de ambos bandos (probablemente, entre el 30-35%) padeció estrés
de combate, que, a su vez y en un número igualmente importante, acabó
produciendo el síndrome de estrés postraumático o TEPT; El análisis de este
trastorno psicopatológico, como reflejo del sufrimiento de los combatientes, y
sus repercusiones negativas sobre los familiares más cercanos resultan, en
nuestra opinión, de capital importancia para analizar las condiciones humanas y
sociales en las que hubieron de elaborar los
vencidos –los vencedores llevaron hasta límites abusivos sus
ceremoniales públicos de duelo– sus dramas personales y colectivos…(p. 22)
De tal manera que el daño ocasionado durante
la Guerra Civil Española no se redujo a las pérdidas humanas, ni culminó con la
firma del armisticio y la subsecuente paz que empezó a reinar en dicho país,
sino que se extendió hacia sus familias: los efectos de la guerra llegaron a
casa con los desmovilizados. Algo parecido, con sus importantes diferencias,
tendrá que enfrentar Colombia que, en los actuales momentos discute un plan de
pacificación de las diferentes facciones en conflicto en su territorio: después
de haber estado en guerra durante 50 años, cuando muchos de los que hoy
cuentan 30 años o más solamente han
conocido el combate como forma de vida y el campo de batalla ha sido su único
hogar, reincorporarse a la sociedad será todo un desafío.
No obstante, con la finalidad de aproximar
al lector desprevenido sobre las enfermedades relacionadas con el SINDROME DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO (SEPT),
conviene citar aquí lo señalado por Ruiz- Vargas (2006)
…los
síntomas más comunes de los excombatientes con TEPT son los siguientes:
depresión crónica, aislamiento, ira, pobreza de sentimientos, culpa del
superviviente, ansiedad, alteraciones del sueño y pesadillas, y pensamientos
intrusos.
La
simple enumeración de estos síntomas pone de manifiesto la dureza, el sufrimiento
y el dolor al que han de enfrentarse un gran número de combatientes en su vida
diaria una vez finalizada la guerra… (p.
23)
En efecto, esta enunciación debería servir
para que aquellos que pasan su tiempo rumiando sus resentimientos por los
rincones, elaborando listas de posibles “objetivos militares” y frotándose las
manos, mientras acarician el resurgimiento de la violencia como expediente para
lograr los más altos presupuestos políticos, se tomen un instante para
reflexionar, mirándose en el espejo español y colombiano y analizar si ese es
el futuro que quieren para sus hijos.
Muchos de los que, actualmente, teorizan
sobre la lucha armada como respuesta ante la imposibilidad de alcanzar, por la
vía electoral, los objetivos políticos, morirán antes de ver el final de la
guerra fratricida que hoy, desde la oscuridad de los más recónditos vericuetos
de sus retorcidas almas, están auspiciando; serán sus herederos, los que
tendrán que resolver el conflicto armado que ellos generaron y pagar, con
sangre, el precio por una causa que ellos no se propusieron.
En todo caso, las responsabilidades
históricas nunca son colectivas: nadie puede ocultarse detrás de un “nosotros”
cuando el impasible ojo de la justicia humana lo juzgue todo y la voz
indubitable de la historia se levante; cada quien irá al tribunal de la crónica
de las sociedades con sus propias cargas de prueba y responderá por sus actos
de manera personal. Quien esto escribe, siente que no tiene compromiso en toda
la locura que anda trasuntando los corrillos y los conciliábulos. Que cada
quien asuma la cuota de responsabilidad que le cabe con el futuro de la patria.
Dicho esto, es posible añadir que no hay
una sola ideología, ni alguna postura teológica, que pueda compararse, en peso
y valor, con una sola gota de sangre humana.
Trabajos citados
Ibáñez, V. (2016). Consecuencias psicológicas y
psiquiátricas de la guerra. Recuperado el 09 de 04 de 2016, de EL MÉDICO
INTERACTIVO. On line.:
http://www.elmedicointeractivo.com/ap1/emiold/informes/informe/guerra.htm
PEÑA, L. Y., ESPINDOLA, A.,
CARDOSO, J., & GONZALEZ, T. (2007). La guerra como desastre. Sus
consecuencias psicológicas. Recuperado el 09 de 04 de 2016, de Disponible
en: <http://scielo.sld.cu/scielo.php?:
http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_isoref&pid=S1727-81202007000300005&lng=es&tlng=es