Hace algunos años, 40 para ser exactos, comenzaba yo en la escena venezolana, tan confuso como irreverente, usando un pseudónimo: "Alexei Romanoff"; por ese nombre me conocieron, y aún me llaman en algunas oportunidades, amigos que me recuerdan y hombres y mujeres de batalla con los cuales me tocó el privilegio de compartir luchas, trabajos y partos. Eran los tiempos iniciales de la ASOCIACIÓN DEL TEATRO POPULAR VENEZOLANO (ATPV) a cuyos dolores y estremecimientos de alumbramiento habíamos asistido un puñado de rebeldes, entre los cuales se contaba el sempiterno Presidente y Comandante en Jefe de los grupos de teatro alzados de Caracas y Venezuela, el Prof. Robert Rodríguez Legendre. Surgida de las mismas entrañas de la reacción, pues su casa fue Acción en Venezuela, una organización sin fines de lucro que perseguía otros derroteros, la ATPV se conformó en el bastión de lucha de los trabajadores teatrales excluidos, los "pata en el suelo" del teatro venezolano, encontramos un foro, un lugar, un bastión y un centro desde el cual dirigir, organizar y expandir nuestro trabajo que, en todos lugares y de todos modos, era un acto militante: decíamos lo que no querían dejarnos decir, expresábamos el dolor del pueblo en todos sus diapasones: Chocrón, Chalbaud, Cabrujas, Pinto, Sánchez y Rengifo, entre otros, eran los apellidos que blasonaban nuestras puestas en escena, cuando no eran producciones "colectivas" que encaraban directamente al sistema. Panfletarias eran, desprovistas de artificios y desnudas de técnica teatral eran, pero virulentamente populares, resueltamente revolucionarias, atrevidamente rebeldes. No pocas persecuciones y exclusiones nos costó nuestra militancia. La vivimos en carne propia Rodríguez, Mejías, yo y muchos más. Algunos otros, más avezados, lograron grandes subsidios del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC), mientras nosotros renunciábamos a todo ello para no contaminarnos con el dinero de la burguesía. Era, entonces, una actitud rebelde, emotiva, sincera, a lo mejor extrema y "naive" pero éramos libres y decíamos lo que se nos antojaba, aún a riesgo de que, en cualquier momento, golpearan a nuestra puerta para darnos algunos "consejos". Pero lo hacíamos. ¿Qué ha cambiado de aquel entonces ahora? ¿Han desaparecido las inequidades sociales y la injusticia a tal grado que ya no hace falta levantar nuestra palabra de denuncia? La misión del artista, sobre todo del teatrista, es llamar la atención sobre aquellas cosas que el común de las personas no ve. Su derecho es la irreverencia y su obligación: la palabra impertinente, el ataque -si fuera necesario soez- en contra de la hipocresía social que ofusca las mentes y produce tontos útiles que entonan himnos de loa, convirtiéndose en afrenta contra el arte y en escarnio para el mundo entero: ¡ellos son los únicos que no perciben la fetidez de las pútridas carnes de sus amos! ¡Reflexionemos y retomemos el camino que nos marca el pensamiento revolucionario verdadero: en la crítica social está la verdadera praxis teatral.
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